El impacto real de la "invasión" de jabalíes

El impacto real de la "invasión" de jabalíes

Un silobolsa abierto, cultivos destruidos, alambrados dañados y animales de más de 200 kilos desplazándose en grupos por campos y caminos. La expansión del jabalí dejó de ser un problema limitado a determinadas zonas rurales y se convirtió en una amenaza productiva, ambiental y sanitaria que alcanza a buena parte del país.

La especie fue introducida desde Europa a principios del siglo XX, principalmente en La Pampa, para incorporarla a cotos de caza deportiva. Sin embargo, su capacidad de adaptación, su elevada reproducción y la facilidad para sobrevivir en ambientes diferentes facilitaron un avance que continúa hasta la actualidad.

“Es una especie exótica, no es nativa de la Argentina y está entre las especies animales más invasivas del planeta. Donde pudo expandirse, se fue expandiendo”, explicó Francisco Pescio, docente de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires, durante una entrevista con el programa Nunca es Tarde, emitido por La Brújula 24.

El médico veterinario y columnista de esta emisora Carlos Bodanza aportó una mirada regional sobre el fenómeno. En el aire de Hora Pico, señaló que la expansión agrícola, especialmente del cultivo de maíz, favoreció la disponibilidad de alimento y permitió que la población avanzara desde La Pampa hacia territorio bonaerense.

“Con la llegada de muchos cultivos de maíz, que incluso gana hectáreas todos los años en zonas como la nuestra, el jabalí empezó a expandirse. A eso se sumaron los incendios que hubo en La Pampa, que también empujaron a los animales hacia la provincia de Buenos Aires”, explicó.

Según Bodanza, una vez que la especie ingresó en la región, su control se volvió extremadamente complejo. Uno de los principales factores es la ausencia de depredadores naturales capaces de regular la población.

También mencionó la menor presencia humana en los establecimientos rurales. “Antes había mucha más gente viviendo en los campos y, de alguna manera, el hombre era parte del control de las poblaciones. Eso hoy tampoco existe”, sostuvo.

Pescio, por su parte, remarcó que los jabalíes pueden adaptarse a regiones cálidas o frías y a territorios con distintos niveles de precipitaciones. A esa flexibilidad se suma su inteligencia y la posibilidad de cruzarse con cerdos domésticos, lo que da origen a ejemplares conocidos en el ámbito rural como “chanchos malos”.

Aunque presenten distintos porcentajes de cruza, mantienen comportamientos similares: se reproducen con rapidez, consumen una amplia variedad de alimentos y se desplazan en piaras. Los machos adultos, además, pueden alcanzar dimensiones considerables.

El docente de la UBA recordó el caso de un ejemplar de unos 270 kilos que fue embestido por una cosechadora en el norte bonaerense. Algunos machos pueden desarrollar colmillos de hasta 15 centímetros y representar un peligro para las personas cuando se sienten amenazados.

Bodanza fue especialmente enfático sobre el riesgo de encontrarse con una hembra acompañada por sus crías. “No le recomiendo a nadie cruzarse con una chancha con cachorros, porque directamente puede ser peligrosa para la vida humana”, alertó.

El impacto más visible se produce en la actividad agropecuaria. Los animales ingresan a lotes cultivados, consumen semillas y plantas, remueven el suelo y destruyen sectores completos. También rompen silobolsas para acceder al grano almacenado y provocan daños en alambrados, instalaciones y otros componentes de la infraestructura rural.

Según estimaciones oficiales citadas por Pescio, las pérdidas ocasionadas por los jabalíes y sus cruzas se ubican entre los 1.400 y los 1.600 millones de dólares anuales en la Argentina. El cálculo comprende daños sobre cultivos, granos almacenados, infraestructura, producción ganadera y ambientes naturales.

El problema no termina en el campo. La expansión hacia sectores periurbanos y rutas también incrementa el riesgo de accidentes de tránsito, especialmente durante la noche, cuando los animales atraviesan los caminos y pueden resultar difíciles de advertir.

A ese escenario se suma una preocupación sanitaria que adquiere especial relevancia en el sudoeste bonaerense: la triquinosis. La enfermedad puede transmitirse al consumir carne de jabalí o derivados que no hayan sido sometidos a los controles correspondientes.

Bodanza vinculó esta situación con el brote investigado recientemente en Mayor Buratovich, partido de Villarino. Según relató, una familia elaboró embutidos caseros con carne de jabalí y los compartió con allegados, lo que habría provocado más de 30 contagios.

“Fue un brote importante. No eran productos que se vendieran, pero se compartieron con familiares y amigos. El animal tenía triquinosis y se habla de entre 30 y 30 y pico de infectados”, detalló el veterinario.

El principal peligro aparece en la elaboración informal de chacinados, embutidos y conservas. Sin un análisis que descarte la presencia del parásito, la carne puede convertirse en una vía de contagio para las personas.

“El problema es no saber de dónde salió ese salame y si se hizo o no el control de triquinosis. Si no hay frigoríficos habilitados, queda la posibilidad de una faena sin control sanitario”, advirtió Pescio.

Bodanza explicó que el análisis debe efectuarse antes de elaborar los embutidos. La muestra adecuada es una porción del músculo diafragmático del animal, conocido comúnmente como entraña, que debe enviarse a un laboratorio autorizado.

“Cuando se abre el animal hay que sacar entre 150 y 200 gramos de la entraña y llevarlos a un laboratorio autorizado por Senasa que realice digestión enzimática. Es el único método para hacer el diagnóstico. Si ya te dieron el salamín, es tarde y no hay nada para analizar”, subrayó.

Los jabalíes también pueden transmitir otras enfermedades y parásitos, algunos de los cuales afectan a los cerdos domésticos y representan una amenaza para la producción porcina. Por ese motivo, el control poblacional debe estar acompañado por una estrategia sanitaria que defina qué hacer con cada ejemplar capturado.

La caza suele aparecer como la solución más inmediata, pero su implementación presenta numerosas dificultades. Se requiere autorización de los propietarios, cazadores capacitados, protocolos de seguridad y un sistema para retirar animales que pueden superar ampliamente los 200 kilos.

Después de la captura también es necesario trasladar la carne, conservarla adecuadamente y realizar los análisis correspondientes. Sin ese circuito, una medida destinada a reducir la población puede derivar en faenas clandestinas o en productos sin controles que lleguen al consumo humano.

Otra alternativa es el uso de trampas para capturar grupos completos. Sin embargo, estos dispositivos requieren inversión, seguimiento y una estrategia precisa. Pescio remarcó que los jabalíes son animales inteligentes, capaces de identificar riesgos y evitar lugares donde percibieron señales de peligro.

“Las trampas son muy efectivas para agarrar la piara, pero si el animal se asusta o detecta rastros, probablemente no vuelva a acercarse. Hay que diseñar estrategias para que eso no ocurra”, explicó.

El costo de los dispositivos también representa una barrera. Muchos son importados y difícilmente un productor decida afrontar la inversión sin algún incentivo, especialmente cuando trabaja sobre un campo arrendado o atraviesa una situación económica ajustada.

Para Pescio, la respuesta debe incluir a Nación, provincias, municipios, entidades rurales, productores, universidades, organismos científicos y organizaciones sociales. El jabalí no reconoce límites geográficos ni administrativos, por lo que una acción aislada en un distrito pierde eficacia si en las zonas vecinas no se aplica un esquema similar.

Una experiencia destacada se desarrolló en el Parque Nacional El Palmar, en Entre Ríos, donde los animales dañaban los renovales de las palmeras y afectaban a otras especies. Allí se convocó a cazadores locales, se delimitaron sectores y se establecieron cupos y controles sanitarios.

Parte de la carne obtenida quedaba a disposición de los cazadores y otra era destinada a comedores y organizaciones de la zona. El programa permitió controlar la población, generar una fuente de alimento y evitar la circulación de productos sin análisis veterinarios.

Bodanza señaló que en otras provincias también se analiza promover el consumo habilitado de carne de jabalí como una herramienta para reducir la población. Sin embargo, cualquier iniciativa de ese tipo requiere controles sanitarios estrictos para evitar que la solución agrave el riesgo de triquinosis.

Replicar un esquema coordinado en una región extensa, con campos privados, numerosos municipios y rutas abiertas, resulta mucho más complejo que aplicarlo dentro de un parque nacional. Aun así, las experiencias disponibles ofrecen elementos para construir un plan de mayor alcance.

La superpoblación de jabalíes no admite una respuesta única. Requiere combinar trampas, caza regulada, vigilancia sanitaria, incentivos para los productores, infraestructura para procesar la carne y una coordinación que supere las fronteras políticas.

Más de un siglo después de su introducción, el animal que llegó como una pieza de caza deportiva se transformó en una amenaza capaz de arrasar cultivos, provocar pérdidas millonarias y transmitir enfermedades. En el sudoeste bonaerense, el brote registrado en Villarino volvió a demostrar que el problema no está únicamente detrás de los alambrados: también puede llegar a la mesa.

 

fuente: La Brujula 24 con información de Infobae y entrevistas realizadas por La Brújula 24.